Elogio de la Fugacidad

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Campana para ahuyentar osos en algunos museos de Tokio. Foto: Uly Mata.


VOLVER A LAS AULAS

Margarito Cuéllar*

Con los solazos despiadados de agosto empezó el nuevo semestre en la Universidad. Traía la pila bien cargada, recién volvíamos La Terrible y yo de una boda en Juchitán, así es que me puse en chinga el fin de semana a preparar las clases del semestre.

     Soy obsesivo. No me gusta llegar a clase sin saber qué va a pasar. He luchado contra la manía de la precisión, sin duda soy un ñoño, pero llevar todo en orden me permite moverme por el aula de clase como un pez en una pecera de agua caliente. Es decir, con cierta prisa, pero con pasos milimétricos. Desde que volví a las aulas cada nuevo semestre me convierto en un laboratorio. No porque sea muy chingón para explorar, sino porque siempre me toca empezar de nuevo. Empecé con Análisis de públicos y audiencias y con Historia del periodismo. Del primer tema no sabía ni madre, pero con el programa y un poco de investigación me puse al tiro. Al siguiente semestre di Difusión cultural. Ahora enseño Alfabetización artes y Alfabetización gramática a morros de los primeros semestres. Mi experiencia docente se limitaba a clases en línea de géneros periodísticos y periodismo de investigación, periodismo narrativo y edición.

     Regreso a las aulas en un momento en que los catedráticos se han extinguido. Los maestros dejamos de ser eso para convertirnos en capacitadores, asesores y ahora facilitadores. Las escalas de la enseñanza. Cuando pienso en catedráticos me quito el sombrero para dar mi saludo en alfombra roja a Giampiero Bucci, una eminencia en los tiempos de la maestría en Artes. Con él la filosofía era pan comido. La sombra de Giampiero me persigue. No puedo haber sido su alumno y ser un mal maestro. Como ven, el peso es mucho.

     Los alumnos de primer semestre me miran con curiosidad. Parecen hormigas asustadas con la mirada transparente buscando el feliz momento de empezar el desmadre. Los de Gramática son una multitud: 45. Los de artes el número ideal: 12. La presentación incluye, por supuesto, los libros que han leído o que leen en ese momento. Salvo unos cuantos lectores de Poe, Wilde, Navokov, Harry Potter, García Márquez, Cortázar y Rulfo, casi todos son vírgenes en materia de libros. El reto es grande. La letra ya no entra con sangre. La ortografía no se aprende memorizando las reglas ni escribiendo libretas enteras con las palabras inglés e ingles. El reto para el facilitador es mayor. Primero dominar el tema. Después creer con firmeza los conceptos e ideas que se exponen. Conocer realmente los libros que sugiere leer. Evitar los grandes monólogos ayuda. El lenguaje incluyente también. Poner cara de perro no genera confianza. Poner cara de pendejo tampoco. No voy a descubrir el agua tibia, pero me estoy haciendo partidario de una guerra de guerrillas de la enseñanza. Es decir: acciones breves, contundentes y eficaces. El discurso de la excelencia está bien, pero al alumno no se le puede engañar diciéndole que tiene el mundo a sus pies, a sabiendas que la competencia es feroz y que la oferta de empleos es una carnicería, sobre todo para los egresados de ciertas carreras universitarias.

     Los videos cortos son de gran apoyo, pero elegidos a conciencia por el facilitador, y que no tengan la finalidad de matar el tiempo, sino de reflexionar sobre temas afines al programa y encontrar puntos de conexión con la realidad de hoy.

     El facilitador debe tener claro también si contribuye al fortalecimiento de una sociedad de zombis o al resurgimiento de una nueva forma de pensar. Es poco tiempo, cierto. Unas horas de clase, semestres pequeños, enfoques educativos para el reforzamiento de un sistema de dominio, la despiadada práctica del copy paste, la muerte de la imaginación, el silencio de la creatividad.

     “Maestro, El Bronco ha dicho que todo está en esto”, dice un estudiante de primer semestre mostrando con orgullo un teléfono celular de los que piensan, escriben y hablan. “Sí –le digo- pero ese artefacto no se maneja solo. Las herramientas tecnológicas son de gran apoyo, siempre y cuando se les conecte al corazón y al cerebro.”

     Agosto sigue aquí. El sol se agazapa un rato tras unas nubes ñangas y vuelve a atacar con más fuerza. En días así las clases deberían impartirse en una alberca o en el bosque y no en un baño sauna con misiplit.

     Dice José Emilio Pacheco en su “Elogio de la fugacidad”: “Si pudiéramos/ detener el instante/ todo sería mucho más terrible.” A su entrañable pluma debo el título de esta columna que hoy se da al vuelo.

*Escritor. Su libro más reciente es Poemas en los que nunca es de noche (Uniediciones, Bogotá, 2019). TW: @magocuellar Instagram: cuellar.margarito

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